“Valdez – Espinosa. Dos presencias artísticas muy definidas” – El Comercio. Mayo, 1997

El Comercio | Lima, domingo 4 de mayo de 1997

CULTURAL

[…]

MUY BUENA EXPOSICIÓN

Fito Espinosa (Lima, 1970), ostenta una juventud cargada de éxito. Premios, adhesiones de crítica y público, una intensa actividad desde casi la adolescencia lo ubican como uno de los valores jóvenes ya aceptados con una obra que no ha mostrado vacilaciones ni tropiezos y más bien pareciera muy bien definida en cuanto a sus objetivos y motivos. Pintor intimista, individualista, no cabe imaginarnos nostalgia y sin embargo, un sentimiento de lo abandonado, lo perdido y despojado, habita con aliento tibio toda su pintura.

Esta exposición en la galería Cecilia González muestra otra vuelta de tuerca sobre ese eje motor que comentamos.
Personajes (hombres o mujeres de anodina “normalidad”) sentados con un gesto cercano al agobio, una actitud lejana del movimiento, entre resignada y abatida aunque no dolorosa, nos remite a esas autoinquisiciones por las que inevitablemente transitamos y a veces tendemos a hundirnos.

En muchas de las pinturas el fondo es una reja de diseño dibujado y decorativo sin llegar al barroquismo. Quizás una metáfora de los encantamientos y la comodidad de ciertos encierros que pese a la apariencia conveniente y bondadosa no dejan de constituir cárceles aceptadas.

Si no la reja, la puerta (cerrada), o las rayas (imperceptibles ataduras), o el muro (sin ventana) o la alusión al cuarto cerrado y hasta el colchón que en lugar de acomodar, restringe.

Hábil dibujante, de línea fina y delicada, bordeando un matiz expresionista que en su caso es contenido al extremo, dentro de la tristeza o melancolía de sus criaturas se respira una dignidad extraña y sobre todo, recatada. Consigue esto con una paleta que, si antes era oscura, en una determinación muy obvia, hoy va siendo ganada por el color, pastel o brillante, utilizándolo sin referencias o escalas o significaciones tradicionales sino asignándole sus propios valores con acento intencionado.

Los simbólicos animales del entorno, testigos humanizados y compañía deseada, van poco a poco trastocándose en coprotagonistas de los humanos retratados. En su búsqueda por una mayor fuerza en los contenidos, Espinosa ha acudido a una suerte de ensamblaje (“Canción amarilla”), a la alteración del soporte habitual (“La mañana”) y por fin a la obra que da título a la exposición, “La trama de la trampa”, pieza de gran dimensión, mitad compuesta de trampas caza-ratones prolijamente puestas como en damero, y la otra el mismo damero virtual en el que se inscribe la silueta de un torso con sus bordes atravesados por clavos. Es ésta la única obra donde lo emocional pareciera desbordar la sobriedad que acompaña al resto del conjunto. Dramático y sorprendente el “Retrato” donde unos ojos entre acuosos y vacíos nos proponen el abismo del alma.

Una muy buena exposición cuya visión permite una re-visita a esa pintura de misterio y silencio que no tiene fecha ni se encasilla en corrientes.

– Elida Román

Top