“Fito Espinosa” – Caretas. Mayo, 1997

Caretas | Mayo 8, 1997

ARTES & ENSARTES
por LUIS E. LAMA

DESDE su egreso de la Universidad Católica Fito Espinosa había manifestado las cualidades que se requieren para ser un buen pintor. En ese entonces, como ahora, sobresalían un inusitado oficio y un distanciamiento de las expansiones expresionistas de sus compañeros de generación. Lo primero ha conducido a que en el lapso de estos dos años Espinosa sea el artista joven que con mayor seguridad se ha ido afianzando dentro del ámbito local.

Sin embargo, la factura de sus cuadros no es la única causa de su notoriedad, otros factores igualmente importantes han contribuido a ella: En los inicios había en el pintor una vocación por el claroscuro que convertía a cada superficie en un enigma, cada espacio le servía para que las veladuras llenaran de penumbras las acciones que Espinosa desarrollaba en ellos. Entonces los ángeles hacían su aparición –a veces ominosas- en estos cuadros de sutilezas e impactos, que el pintor asume como experiencia acumulada en su segunda individual en Cecilia González.

En esta muestra se pueden apreciar nuevas indagaciones, como ocurre con la luminosidad que inunda las superficies, que escruta cada fragmento del cuadro y la invención de nuevas formas derivadas del cuerpo humano. A ellos se une la pincelada seca y vibrante, con la que crea nerviosas transparencias, y una composición claustrofóbica que encierra cuerpos y objetos –como la bicicleta- aprisiona a los personajes, recurriendo a un proceso similar al de la fotografía, cuando cercena la parte superior del rostro para concentrar el encuadre. Si a ello sumamos el carácter casi obsesivo de las texturas visuales, esas tramas que muchas veces se apoderan sutilmente del cuadro, podremos ir descifrando el vocabulario de un joven artista que penetra por sendas cada vez más complejas a medida que madura su reflexión pictórica.

En apariencias Espinosa es un pintor tradicional, poco interesado en los vericuetos de lo nuevo. Esto pudiera deducirse de una ausencia de soportes variados –salvo dos casos de excepción- o de modos alternativos de hacer arte. De ser cierta esa aseveración ¿de dónde proviene, pues, el estímulo visual que se deriva de esta pintura?

Ocurre sencillamente, que después de un siglo de volubles vanguardias, sobrevivientes de la violencia expresionista, cansados de experimentaciones fallidas y buscando otra alternativa a la abstracción, lo verdaderamente nuevo a este fin de siglo es lo que nos queda por descubrir al interior de cada artista, lo eternamente estimulante se concentra en el cuerpo humano, al que los artistas más dotados vuelven a otorgar su interés.

Por eso, lo valioso de Fito Espinosa, entre muchas otras cosas, radica no sólo en la calidad de su factura, sino también en su despojamiento de la estridencia, en su renuncia al impacto fácil, y en su revalorización del espíritu a través de la reproducción de nuestro cuerpo.

Son estos valores que pueden encontrarse condenados en un cuadro silencioso como el retrato, uno de los más logrados de la muestra y, el que quizás revele mejor el brillante futuro y el sólido presente de este pintor.

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