“Algo que vale la pena” – El Comercio. Junio, 2002

El Comercio | Jueves, 20 de junio de 2002 | Plásticas

 

Crítica Malaespina

Algo que vale la pena

Por: Elida Román

Como si algo pudiera salvarme/ como si una idea me abarcara el corazón.. es un fragmento del poema “Malaespina” y una buena síntesis del proyecto de Fito Espinosa (1970), que con ese título, se presenta en el espacio propicio de Fórum.

Quizá la frase compendie lo que se respira a través de esta deliciosa exposición: nostalgia, temor, humor, desazón, soledad, incertidumbre, cierta anomia, evasión, reclusión, melancolía, ternura y, trasvasando todo ello, una pregunta constante por la angustia y el significado.

Fito Espinosa, o más bien su alter-ego Malaespina, ha jugado con la imagen, la palabra y hasta la música para tratar de compendiar un universo privado y vulnerable.

Su presentación, que ha contado con la complicidad de amigos como Haroldo Higa, parece a primera vista, un juego entretenido y fácil, con atisbos de pretensión ingenua y/o infantil, cercana a la trivialidad o la sencillez extremas, para lo que se ha valido de un dibujo esquemático (al modo de las ilustraciones para cuentos o narraciones para niños) que ya definitivamente se alejó de sus primeras imágenes, siempre humanas aunque fantasmales e imprecisas en sus límites, para decidirse por un prototipo definido y lineal, de grandes ojos atentos, al que consagra como protagonista de un itinerario cotidiano más cercano a la prisión que al despliegue de su iniciativa, más sometido a una situación de encasillamiento y automatismo que a un ejercicio de sensibilidad y placer y al que solo queda el soñar con la liberación por la fantasía, la imaginación, los paraísos posibles y un rescate anhelado que se encuentra mucho más allá de los límites de su mundo.

Malaespina (más incómoda que mala) despliega, a modo de cartilla, un diccionario de objetos y modos comunes a los que vuelve ilustración de estados de ánimo o situaciones vitales. Escribe una poesía mullida y tristona que no llega a empalagar y atrae por identificación. Despliega su música con acentos de su tiempo y su época sin abandonar lo ritmado, utiliza el color apastelado y suavizado –con marcada tendencia a la neutralidad y la uniformidad del ocre o el gris, de las tierras apagadas y los azulinos sospechados– y ofrece un festín de metáforas sobre la condición humana y la sensibilidad de un artista a corazón abierto. No se lo pierda.

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